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Artículo

La relación entre la discapacidad visual y el suicidio

Factores de riesgo y pautas de prevención desde una mirada social y comunitaria
Felipe Yagüe, Associació Discapacitat Visual Catalunya

Felipe Yagüe Pelegrina

Psicólogo de intervención social
Associació Discapacitat Visual Catalunya
Chica ciega leyendo un libro.
©SeventyFour via Canva.com

Resumen

Las personas con discapacidad visual presentan un riesgo elevado de ideación y conducta suicida comparado con la población general. Entre los factores de riesgo de suicidio destacan los problemas de salud mental, el aislamiento social, las dificultades socioeconómicas y el estigma, mientras que los factores de protección se centran en el apoyo social, la autonomía y el acceso a servicios de salud mental. Las recomendaciones de prevención sugieren integrar el cribado de salud mental en consultas oftalmológicas y fomentar la rehabilitación temprana para restaurar la autonomía. Promover políticas inclusivas y cambiar la percepción social existente sobre las personas con discapacidad visual son acciones esenciales para abordar este problema de salud pública.
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Los estudios que analizan la intersección entre la conducta suicida y la discapacidad visual son todavía escasos en España, aunque contamos con un mayor número de investigaciones en el ámbito internacional. Antes de revisar algunos datos procedentes de estos trabajos, conviene tener en cuenta dos premisas que sirven como marco contextual en este primer cuarto del siglo XXI:

  1. En el preámbulo de la constitución de la Organización Mundial de la Salud (OMS) se define el concepto de salud como «el estado de completo bienestar físico, mental y social y no sólo la ausencia de afecciones o enfermedades».
  2. En consonancia con esta definición, se promueve también un enfoque social de la discapacidad —o modelo biopsicosocial—, impulsado por los movimientos emancipatorios surgidos a finales del siglo pasado y por las respuestas políticas derivadas de ellos. Un punto de inflexión en este proceso fue la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad de 2006, que dio lugar a un instrumento jurídico internacional ratificado por numerosos países. En este nuevo paradigma, conceptos como la accesibilidad universal, la inclusión y la diversidad funcional resultan fundamentales para comprender la discapacidad.

Bajo este nuevo enfoque y contexto, entendemos el suicidio y la discapacidad como problemas de salud pública. La perspectiva es social y las estrategias se proponen desde lo comunitario. Atendiendo a estas dos premisas, los planes y programas que diseñan e implementan los países, en general, y el nuestro, en particular, se elaboran en torno a medidas selectivas y estructurales. Estas medidas están basadas en factores de riesgo y de protección, y como primer objetivo está el de detectar los grupos sociales o colectivos con mayor riesgo de ideación y conducta suicida. Entre estos se halla el colectivo de las personas con discapacidad visual.

El riesgo de suicidio en las personas con discapacidad visual

El suicidio continúa siendo un tema tabú para nuestra sociedad moderna. Ésta es una de las razones por las que no se llevan a cabo y no se obtienen datos estadísticos de grupos y subgrupos sociales, a pesar de que los datos generales indican que el número de muertes por suicidio supera con amplitud el de otras causas de mortalidad, como los accidentes y los homicidios, por ejemplo. Si pensamos que cada día en España se suicidan una media de once personas, es evidente que tenemos «un elefante en la habitación». Y si relacionamos la conducta suicida con la condición de discapacidad, encontramos otro tabú social. Ya podemos hablar de «dos elefantes en la habitación».

Para ilustrar estadísticamente la correlación entre la discapacidad visual y el suicidio, nos apoyaremos en el estudio sistemático publicado por Kim et al. (2024), en el que se revisan 31 estudios internacionales y se analizan 5,6 millones de casos. Las conclusiones generales son las siguientes:

  • Comportamiento suicida: las personas con discapacidad visual presentan una probabilidad 2,5 veces mayor de conducta suicida.
  • Ideación suicida: las personas con discapacidad visual tienen pensamientos suicidas recurrentes dos veces más que la población general. 

En el estudio se señalan también algunos subgrupos especialmente de riesgo dentro de las personas con discapacidad visual:

  • Adolescentes. Es el grupo más vulnerable. La pérdida visual en una etapa crítica del desarrollo evolutivo, social y educativo exacerba sentimientos de aislamiento, desesperanza y miedo al afrontamiento de situaciones futuras.
  • Adultos en etapa activa. Las responsabilidades familiares y socioeconómicas adquiridas son el principal motivo de problemas de salud mental en este subgrupo, aunque pueden darse a la vez como factor de riesgo y como factor de protección, en una o en otra dirección.
  • Adultos mayores. En este grupo, la ideación suicida se asocia a la comorbilidad con otras enfermedades y también a la pérdida de autonomía e independencia personal.
  • Personas con pérdida visual severa y repentina. Presentan mayor y más intenso estrés por el afrontamiento de la pérdida y por el esfuerzo adaptativo, aspectos que no se dan en personas con ceguera congénita o infantil.

Tanto los datos cuantitativos como los cualitativos nos ayudan a explicar por qué el colectivo de la discapacidad visual presenta vulnerabilidad tanto a la ideación como a la conducta suicida. Son los segundos, los aspectos cualitativos, los que nos aproximan a los factores de riesgo en esta correlación.

Prevención del suicidio

Prevenir el suicidio: empecemos a hablar

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Factores de riesgo de la conducta suicida

El déficit visual no constituye en sí mismo un factor de riesgo, sino que este aparece junto con una serie de elementos mediadores que surgen durante la interacción de la persona con los entornos sociales y ámbitos vitales. En la discapacidad, en la conceptualización de la misma y en las repercusiones que pueda tener en cada individuo y situación, las posibilidades de accesibilidad e inclusión actúan siempre como moduladores. Algunos factores de riesgo son: 

  • Salud mental. La probabilidad de sufrir un trastorno depresivo o de ansiedad es tres veces mayor para las personas con discapacidad visual. El afrontamiento de la pérdida visual conlleva un tiempo de duelo y un intenso estrés por el esfuerzo adaptativo. Se requiere una adaptación a las nuevas circunstancias vitales, y cuando no se consigue el ajuste deseado, el estrés puede cronificarse y derivar en sintomatología de ansiedad y depresiva (en términos de psicología clínica, un trastorno adaptativo de la conducta.
  • Inhibición y aislamiento social. Los problemas en el desplazamiento y las dificultades en la accesibilidad pueden generar o acentuar el aislamiento y el sentimiento de soledad, uno de los factores personales más vinculados a la conducta suicida.
  • Estatus socioeconómico. Las dificultades laborales y económicas son mayores que en la población general y pueden generar estrés socioeconómico. Algunos estudios evalúan y constatan una importante brecha en el acceso académico y laboral de las personas con discapacidad visual respecto a la población general e indican que esta diferencia estaría en el origen de los problemas para llevar adelante el proyecto vital de cada persona, así como de una mayor precariedad económica (Trott et al., 2022).

Las personas con discapacidad visual presentan una probabilidad 2,5 veces mayor de conducta suicida y tienen pensamientos suicidas recurrentes dos veces más que la población general.

  • Rasgos de personalidad. Algunos rasgos personales más estáticos y otros más variables como la autoestima, la percepción de autoeficacia, las habilidades sociales y comunicativas, están en estrecha relación con la ideación suicida y pueden ser un predictor para la conducta suicida.
  • La sensación de carga para otros o de dependencia es señalada como clave en muchos casos. La ausencia de accesibilidad educativa, laboral o en entornos de ocio, deportivos y, en general, de participación social modula la autonomía y capacidad de cada persona. Aunque la persona mantenga buena disposición, voluntad, iniciativa y, en general, aptitudes idóneas, si no se da un entorno accesible e inclusivo que posibilita la adaptación, los factores de riesgo aumentarán.
  • El estigma social. Es aquel constructo psicosocial por el que los individuos de una población general mantienen pensamientos, creencias y actitudes negativas hacia colectivos determinados, por ejemplo, hacia las personas con baja visión o ceguera. Debemos recordar que las barreras de carácter humano a menudo son más devastadoras que las materiales. Y tengamos además en cuenta, en este caso, el autoestigma, que es la negativización interiorizada de las personas que padecen el estigma.

Es decir, la pérdida de visión provoca siempre un mayor o menor impacto emocional, mediado por algunos aspectos personales, como los rasgos de personalidad o el apoyo sociofamiliar, y otros aspectos externos, como el entorno sociodemográfico y las políticas inclusivas de cada territorio. El ajuste o desajuste de la persona que adquiere un déficit visual importante determinará que se presenten factores de riesgo que pueden predecir también la ideación y la conducta suicida, siendo clave siempre el contexto en el que la persona desarrolla su vida diaria. 

Chico triste en el bosque

El trauma y la desesperanza, dos factores clave en la conducta suicida

Factores de protección de la conducta suicida

El abordaje de la salud mental en personas con discapacidad visual requiere una mirada que vaya más allá del déficit sensorial y que se centre en los recursos internos de resiliencia y en los recursos externos que promuevan un ajuste adaptativo, como escudos de protección de la conducta suicida. Detallamos aquí los principales factores protectores

  • El apoyo social y la red de pertenencia. No se trata solo de tener y sentir a personas cerca y de disfrutar su apoyo funcional y emocional, sino también de la calidad de esos vínculos, que deben evitar la sobreprotección y fomentar la autonomía. Daremos mención especial, más allá del entorno propio sociofamiliar, al apoyo mutuo entre pares. Compartir las experiencias propias con otras personas con discapacidad visual permite la validación de emociones, posibilita la creación de recursos más adaptativos y reduce sentimientos de alienación.
  • Autonomía personal y vida independiente. La autopercepción de capacidad, eficacia y competencia es un antídoto contra la desesperanza. El aprendizaje y uso de las destrezas e instrumentos para la orientación y el desplazamiento, así como la utilización de instrumentos técnicos para el acceso a la información, ocio, cultura, etc. deben ser contemplados como recursos importantes para llevar adelante el proyecto vital de las personas con grandes déficits visuales. Cuando una persona siente que puede desplazarse, trabajar o gestionar su hogar de forma independiente, su autoestima se fortalece, y la autonomía funcional está directamente relacionada con una menor tasa de sintomatología depresiva.
  • Habilidades psicológicas. Recursos internos como los rasgos psicológicos adaptativos (la flexibilidad cognitiva y la resiliencia) nos harán más fácil la asunción y aceptación de las consecuencias de una pérdida visual. La capacidad de adaptar planes, intereses y objetivos a las nuevas circunstancias nos evitará frustraciones más adelante.  

Los problemas en el desplazamiento y las dificultades en la accesibilidad pueden generar o acentuar el aislamiento y el sentimiento de soledad, uno de los factores personales más vinculados a la conducta suicida.

  • Acceso a servicios de salud mental especializados. Es necesaria la eliminación de barreras arquitectónicas, digitales y humanas que aún persisten. Si pensamos en la accesibilidad en servicios de salud, es preciso que los profesionales de la salud mental entiendan las barreras habituales para esta discapacidad y conozcan los recursos existentes adecuados. La intervención temprana es crucial a la hora de detectar signos de depresión que se puedan presentar en las evaluaciones oftalmológicas. También permite intervenir antes de que el cuadro psicológico se complique y aparezca la ideación. Por ello, siempre será interesante la relación entre profesionales de la oftalmología y profesionales de la salud mental y, asimismo, con las asociaciones que puedan proveer de recursos psicosociales.
  • Y como último factor de protección, implementar los ajustes razonables de accesibilidad en cada uno de los entornos sociales, así como las políticas inclusivas necesarias en todos los ámbitos vitales de la persona: el académico, el laboral, el cultural, de ocio, de deporte, etc., para promover la participación social y el desarrollo de proyectos vitales de las personas con discapacidad visual.

En definitiva, como podemos observar, los factores de protección se alinean con el concepto de salud de la OMS y con el modelo actual de la discapacidad, como mencionábamos al inicio de este artículo. Una visión comunitaria desde la salud pública siempre debería tener en cuenta el eje de la persona y el eje de su entorno social. Los teóricos del Empowerment, de los psicólogos comunitarios Rapaport y Zimmerman, ya nos hablaban de que el empoderamiento siempre correlaciona positivamente entre los distintos niveles: individual, familiar, comunitario e institucional.

Recomendaciones de prevención 

Basándonos en la revisión de Kim et al. (2024) y en las guías clínicas que suelen acompañar estos estudios, las recomendaciones se dividen en acciones concretas en los entornos clínicos y sociales. El objetivo es centrarnos en la persona en lugar de centrarnos en el ojo o en la función visual. Algunas de estas recomendaciones son:

  • Integración del cribado de salud mental en consultas oftalmológicas. Dado que oftalmología es a menudo la única especialidad que visita la persona, se recomienda implementar herramientas breves como el PHQ-9 para su posible uso en revisiones médicas, normalizar la conversación en consulta y preguntar cómo afecta a su vida diaria la pérdida visual, reduciendo al mismo tiempo el estigma en salud mental.
  • Identificación de momentos críticos de riesgo. Los profesionales deben estar atentos, especialmente en dos momentos: el del diagnóstico, sobre todo en enfermedades de progresión rápida y de pronóstico grave; y durante las transiciones de funcionalidad en tareas básicas de la vida diaria, como dejar de conducir o no poder leer de forma independiente.
  • Fomento de la rehabilitación básica temprana. Los estudios sobre rehabilitación básica sugieren que los aprendizajes y uso de herramientas adaptativas como el bastón para el desplazamiento o herramientas ópticas y tecnológicas ayudan a mantener la conexión social, convirtiéndose así en recursos adaptativos y, a la vez, en protectores en salud mental.
  • Restaurar la autonomía. Cuando mejoramos la capacidad en el desplazamiento y el acceso al ocio, a la cultura, a entornos deportivos, académicos o laborales, reducimos la sensación de carga o dependencia, uno de los principales predictores de la ideación suicida.
  • Derivación a redes de apoyo y grupos de pares. Es básico no trabajar aislados: los profesionales de oftalmología deberían estar conectados con otros servicios sanitarios, con psicología, trabajo social, con asociaciones y poder también ofrecer recursos humanos y materiales especializados en discapacidad visual.
  • Educación para la familia y los cuidadores. Instruir a los familiares sobre las señales de advertencia y la alarma de suicidio.
  • Ayudar a evitar el aislamiento social, así como la inactividad. Estos son riesgos probables en personas con grandes déficits visuales y, por lo tanto, se convierten en factores de riesgo para el comportamiento suicida.
Claves prevencion suicidio

Claves para la prevención de la conducta suicida

Como conclusión, debemos volver a señalar que la correlación entre discapacidad visual y suicidio, sus factores de riesgo y de protección, constituyen un complejo problema de salud pública. Tanto los riesgos como los aspectos de protección deberán identificarse en la interacción entre los diferentes niveles sociales, desde la persona hasta las políticas institucionales, pasando por la familia, los grupos sociales y el entorno comunitario. Y siempre contemplando los aspectos fisiológicos, funcionales y psicológicos de la persona, así como los ajustes de accesibilidad en sus entornos y la inclusión social en los distintos ámbitos. 

La pérdida de visión provoca siempre un mayor o menor impacto emocional, mediado por algunos aspectos personales, como los rasgos de personalidad o el apoyo sociofamiliar, y otros aspectos externos, como el entorno sociodemográfico y las políticas inclusivas de cada territorio.

El estigma hacia las personas y colectivos diferentes, que se separan de la norma social, continúa entre nosotros. Es evidente que los derechos de las personas con discapacidad han avanzado en las últimas décadas. Aunque ya quedan lejos algunas políticas eugenésicas de hace casi un siglo, o las realidades de grupos sociales segregados en cualquier momento de nuestra historia, conseguir entornos sociales para todos sigue siendo un proyecto de salud pública.  

Podemos ver y podemos no ver, al igual que podemos oír y podemos no oír, podemos andar y podemos no andar. Algunos de los últimos datos nos dicen que el 50 % de las personas tendrán una discapacidad a lo largo de su vida, por lo que haríamos bien en normalizar dicha condición.
Una visión comunitaria de las realidades sociales implica la creación de políticas inclusivas y su implementación en todos los ámbitos. Pero también implica cambios en la mirada de las personas y del imaginario social. Todos y cada uno de nosotros, en nuestros roles diarios, familiares, vecinales, laborales, etc., somos agentes de inclusión. Todos podemos colaborar desde nuestra posición para hacer cada día una sociedad más amable e inclusiva, que acoja todas sus capacidades, aportaciones y necesidades.

Si tienes pensamientos suicidas, pide ayuda:

También puedes comunicarte con los servicios de emergencia locales de tu zona de residencia.